No son salvajes «incivilizados»

“Los
distintos pueblos originarios (…) son los
principales interlocutores, de los cuales ante todo tenemos que aprender, a
quienes tenemos que escuchar por un deber de justicia, y a quienes debemos
pedir permiso para poder presentar nuestras propuestas” (QA, 26).
“Ya mi predecesor,
Benedicto XVI, denunciaba «la devastación ambiental de la Amazonia y las
amenazas a la dignidad humana de sus poblaciones»” (QA, 12). “Es necesario indignarse, como se indignaba
Moisés (cf. Ex 11, 8), como se indignaba Jesús (cf. Mc 3, 5), como Dios se
indigna ante la injusticia (cf. Am 2, 4-8; 5, 7-12; Sal 106, 40). No es sano
que nos habituemos al mal, no nos hace bien permitir que nos anestesien la
conciencia social” (QA, 15).

La evangelización del “nuevo mundo” fue
un adoctrinamiento de los infieles que legitimaba la conquista por las armas,
tesis de las autoridades civiles y de la inmensa mayoría de eclesiásticos. El
humanista Juan Ginés de Sepúlveda en 1511 justificaba la conquista española por
la superioridad de su civilización europea cristiana y defendía que las guerras
contra los indios eran justas e incluso imprescindibles y preliminares para la
evangelización. Aplicaba la doctrina aristotélica que en su “Política” dice que
los hombres bárbaros e incultos habían nacido para ser siervos de los dotados
de razón. De todos modos esta tesis racista, que llevó a pintar exageradamente
las costumbres aborígenes y a meterlas todas en un mismo saco de podredumbre,
no fue aceptada lógicamente por todos.

En 1541, fray Bartolomé de las Casas, en
presencia de Carlos V, defendió que las conquistas españolas en el Nuevo Mundo
eran “invasiones violentas de crueles
tiranos, condenadas no sólo por la ley de Dios sino por todas las leyes humanas”.
Por lo que enseña la historia se supone que Francisco escriba
que “nos alienta recordar que (…) muchos
misioneros llegaron allí con el Evangelio (…) no todos fueron ejemplares, pero
la tarea de los que se mantuvieron fieles al Evangelio también inspiró «una
legislación como las Leyes de Indias que protegían la dignidad de los indígenas
contra los atropellos de sus pueblos y territorios»” (QA, 18).
De todos modos,
siempre hay luces y sombras pues es así la realidad real. Cristóbal Colón, ya
en 1497, impuso en La Española a los indígenas la obligación de trabajar para
su beneficio agrícola y en los placeres auríferos, lo cual degeneró en
flagrantes abusos. Los primeros colonos no aceptaban esta política que
Cristóbal y su hermano Bartolomé imponían a favor de sus privilegios y de la
Corona.

La
reina Isabel de Castilla el 20-XII-1503 publicaba una Real Provisión al
Gobernador General de las Indias (Nicolás de Ovando) para que repartiera todos
los indios en La Española por un bienio o trienio. La razón era ayudarles a
quitar la holgazanería y enseñarles civilización; que trabajasen con alguien
que les vigilara mientras el hispano se
quedaba con el producto del trabajo indígena.
El
indio encomendado era un débil jurídicamente y debía acudir al encomendador; en
cambio el indio libre tenía plena capacidad jurídica y eso era el ideal de
muchos teólogos y moralistas. El papa Paulo III en el Breve de 1537 declaraba a
los indios personas libres y capaces de derecho. La primera experiencia de dar
libertad a indios fue en 1520 pero serían los Decretos de 1718-21 los que
suprimieron las encomiendas a medida que fueron muriendo los tenedores.

En
el siglo XVIII, la mayoría indígena era católica y en la visita ad limina a Roma el obispo contó que
tenía 5 parroquias para españoles y 6 para indios; 351 monasterios y unos 2500
frailes (1218 franciscanos + 527 dominicos + 651 agustinos); habían bautizado a
millones de nativos. Luego se sufrió allí lo que pasó en España con el
regalismo y la expulsión de los SJ (1767-68), con los roces con Roma y la
aparición de los movimientos anticatólicos de la Ilustración, a la vez que
ocurría la Independencia de USA y la Revolución francesa que perturbaron la paz
social.
Juan
Pablo II en la Ex ap post sinodal “La Iglesia en América” (Ecclesia in America,
EinAm, 1999) dijo que «La Iglesia, ya a
las puertas del tercer milenio cristiano y en unos tiempos en que han caído
muchas barreras y fronteras ideológicas, siente como un deber ineludible unir
espiritualmente aún más a todos los pueblos que forman este gran Continente y,
a la vez impulsar un espíritu solidario entre todos ellos».

“Es preciso que
la Iglesia en América ilumine (…) animando a los ciudadanos (…) El amor por los
pobres ha de ser preferencial, pero no excluyente. Es necesario evangelizar a
los dirigentes, hombres y mujeres, con renovado ardor y nuevos métodos”.
Son
las mismas ideas de Benedicto XVI, de Francisco y suyas en las otras ex ap post
sinodales referentes a Europa, África y Asia aunque con palabras a veces algo
diferentes.
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